¿Sufres de adicción a la comida?

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Nuestra relación con la comida está cargada de profundos lazos principalmente con nuestra Madre, pero también con otros miembros de la familia, el entorno, nuestra percepción, la protección, la imitación y la supervivencia.

Usamos a la comida para llenar espacios que corresponden a otros ámbitos como el mental, emocional y espiritual. Así lo platicó Adriana Esteva, quien estuvo en cabina y nos sugirió que en lugar de destruir los kilos o la compulsión por comer, debemos abrazar eso que nos ha lastimado tanto para aprender de nosotros.

Una vez que aprendemos de nosotros, desde la aceptación, el entendimiento y la satisfacción real de necesidades, dejamos ir amorosamente eso que al hacer cambios en nuestras creencias y retomar nuestro papel de conductores principales de nuestra vida, ya no tiene cabida.

Comer porque estamos tristes, deprimidos o insatisfechos, nos ayuda momentáneamente, a sentirnos mejor, pero no resuelve nuestro problema real: nuestro dolor interno.

Cuando somos adictos a la comida, nos es difícil reconocerlo y generalmente lo negamos.

No es necesario estar gordo o comer mucho para tener esta adicción.

Somos adictos a la comida si:

  • "Necesitamos" comer algo, sin tener hambre

 

  • Comemos cuando nos sentimos emocionalmente mal: Tristes, angustiados, estresados, deprimidos, enojados, aburridos, etc.

 

  • Pensamos mucho en la comida y dejamos otras actividades, por algún motivo relacionado ella

 

  • La usamos inconscientemente, para evadir una situación o persona, que nos hace sufrir o que no podemos manejar.

 

El problema se incrementa, porque cuando una parte importante de tus pensamientos y de tu tiempo, están centrados en la comida y cuando te "anestesias" con ella, para no sufrir dejas de vivir y dejas de disfrutar.

Dejas de vivir, porque pierdes un tiempo que podrías ocuparlo en hacer muchísimas cosas para mejorar tu vida.

Dejas de disfrutar, porque si "dejas de sentir" para evitar el sufrimiento, tampoco puedes sentir, plenamente, las emociones positivas.

Lo que comemos no solo afecta a cómo nos sentimos, sino que cómo nos sentimos también afecta a nuestra manera de comer.

La vergüenza y la culpa son las emociones que pueden tener una mayor incidencia negativa en la dieta.

Cuanto más emocional es la persona en su ingesta, más descontrol tiene en el número de comidas, siendo constante la eliminación del desayuno en su rutina alimentaria.

 A mayor prohibición de la comida, mayor riesgo de atracón.

La causa de que esto suceda está arraigada en el inconsciente. El inconsciente es la parte que se encarga -en una parte importante- de dirigir nuestro cuerpo, interpretando y almacenando la información recibida por nuestros sentidos.

Cuando usamos la comida para calmar nuestro estado emocional estamos alimentándonos emocionalmente.

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