Guelaguetza: Tronar cohetes y recoger las varas

Joel Hernández Santiago Joel Hernández Santiago

A lo mejor porque cada calle, cada esquina, cada resquicio, jardín o parque tienen sentido emotivo y hasta de nostalgia, morriña o saudade, para muchos de los que nacimos en Oaxaca y tuvimos que irnos antes o después. Esto ocurre siempre que regresa uno para estar y para vivir, para sentir y percibir que el tiempo perdido se recupera poco a poco, de otro modo, pero lo mismo.

Y uno extraña el viejo sabor, pero también encuentra nuevos sabores, gustos, tonos, modos, colores, aires y vientos que no nos olvidan y nos murmuran al oído “¡qué bueno que regresaste, porque te estábamos esperando!”.  

Esto viene a cuento porque a la vista de la Guelaguetza 2018 en la capital de Oaxaca, las cosas fueron esta vez como el agua de coco, que no es de coco, o la quesadilla que no tiene queso, o la lámpara sin luz, que dice la canción.

Según sus organizadores, la Guelaguetza 2018 fue todo un éxito. Esto, por supuesto, medido en términos de cargos y abonos, pérdidas o ganancias y utilidades contantes y sonantes.

El lunes 30 de julio, como por arte de magia y aun sin concluir los festejos, el gobernador del estado, Alejandro Murat Hinojosa, ya tenía el balance de resultados de la Guelaguetza 2018 y su octava, por tanto al medio día de ese lunes afirmó que se generaron más de 700 millones de pesos de derrama económica, en tanto que los festejos tuvieron un costo de 40 millones de pesos, por lo que “resultó autosustentable e inclusive, permitió obtener recursos para obras sociales”. Dijo.

Lo normal sería que se informara al detalle en qué se invirtieron esos “costos” –que no es lo mismo que “gastos”-- y, en caso de haber utilidades, en qué se invertirán, aunque de antemano dijo que se canalizará al Sistema Integral de la Familia estatal.

Cosa similar se dijo el año pasado en la versión Guelaguetza 2017 cuando, también con cifras oficiales, la  capital de Oaxaca registró una derrama económica de 533 millones de pesos. Y aun hoy no se sabe cuál fue el destino de las utilidades para los oaxaqueños.

Es bueno que haya derrama económica, porque beneficia a mucha gente de trabajo, empresa y servicios: y a su familia, claro. Pero las utilidades directas por venta de boletos, transmisiones especiales, boletaje especial, permisos para venta y uso de espacios y más, son ingresos que también habrán de auditarse y conocer sus resultados, así el año siguiente no tendremos que tronarnos los dedos para saber ‘en dónde quedó la bolita’.  

Para muchos otros esta Guelaguetza fue un reverendo fracaso porque fue una fiesta excluyente, mercantilizada, ambiciosa, frívola  y ajena al espíritu original del encuentro entre oaxaqueños; que priorizó la mercantilización al sentido esencial y de origen de la Guelaguetza y que, al final de cuentas, fue una fiesta para turistas, para el comercio y recaudatoria.

 “Guelaguetza 2018: Oaxaca en el corazón” fue el slogan de gobierno. Y sí. Oaxaca en el corazón. Pero importa saber en el de quién, porque fue caro que los oaxaqueños fueron excluidos de su celebración y porque la fiesta se convirtió en un aquelarre festivo de quienes la entienden como un festival dancístico y un desmadre pachanguero.

Si, hace falta una seria reflexión sobre el sentido de esta ceremonia y hace falta que el gobierno de Oaxaca, sea sensible a la intensidad de la cita anual, que acompañe el encuentro de oaxaqueños para oaxaqueños y sí, con invitados que son eso, invitados, que acuden a la mesa para ser compartidos de lo nuestro, y no a la inversa. Esta vez los invitados mandaron a los oaxaqueños “al final, y a la cocina” de su propia fiesta.

Ya esperamos un informe de resultados económicos de todo esto, pero también esperamos que en los años siguientes se entienda a esta celebración cuya intención es la de fortalecer el sentido de solidaridad y cordialidad que predomina entre los oaxaqueños, en sus comunidades, en sus pueblos, en sus formas de vida y que ese sea el espíritu permanente de algo tan oaxaqueño…

Pero, bueno. Ahí está Oaxaca, a pesar de todo: hermosa, digna, orgullosa, altiva, colorida y vestida siempre de domingo; dispuesta a recibir a quienes acudan a admirarla y respetarla y para decirle a todos los oaxaqueños que esta ciudad y todo el estado es de ellos, de nosotros, de los que, por nuestras venas fluye el mole negro, el téjate y los moles de distintos colores y sabores: hoy y siempre, entre amigos que, en Oaxaca, saben dar el abrazo completo.

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