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Corrupción: humano muy humano

De verdad, la centralidad de la corrupción ha sido el hilo conductor de las campañas electorales de los candidatos a la Presidencia de la República, motivo suficiente para abordar el tema.

Si bien no hay consenso sobre la naturaleza humana, incluso algunos filósofos opinan que el hombre no tiene naturaleza, podemos afirmar que el hombre es un ser corrupto, tremendamente corrupto, está en su naturaleza serlo.

Puede parecer que esta afirmación es demasiado fuerte, pero así es. Si se me permite explicar esta tesis, procedo hacerlo. Si la corrupción es la apropiación privada, personal, particular, de un bien público, general y universal, fuera de las normas jurídicas; sucede que esta apropiación sólo es posible en compañía, en unión, en sociedad. La asociación hace posible la corrupción, en soledad, en aislamiento, en vida individualizada la corrupción es imposible.

Recordando a Aristóteles, el hombre es un ser social y no puede ser de otro modo, al serlo, la corrupción es su fiel compañera. Al vivir en sociedad, necesariamente, el hombre no puede dejar de lado su característica fundamental: es un ser que le dominan las pasiones.

Por sus pasiones se vuelve egoísta, posesivo, individualista, personalista, particularista. En esta tesitura, afloran las dos primeras partes de la naturaleza humana: su afán social y su interés egoísta. En esta lucha, desgraciadamente gana su afán egoísta, egoísmo que por cierto es motor de su historia según otros filósofos.

Las pasiones de los hombres se sobreponen a su carácter social que obligan a la necesidad de los recursos sociales para hacer posible la sociabilidad, tales como la religión, la educación, la moral, la ética,  las leyes y el Estado. Para eso existen estas instituciones para hacer menos animal al hombre y volverlo más racional, más civilizado, si se me permite el término.

De esto podemos concluir que la naturaleza corrupta y corruptiva del hombre sólo es posible combatirla por medio de la religión, de la educación, la moral, la ética, las leyes y el Estado, de otra manera no sería posible combatirla, con la observación de que no es posible erradicarla puesto que el hombre la lleva en el ADN.

Dentro de este contexto, existe otra característica del hombre que nos permite ser optimistas para mantener a la corrupción en su mínima expresión: su perfeccionalidad. El hombre es el único animal que es perfectible, el hombre no tiene fin en este proceso de búsqueda de perfección, así, el perro sigue siendo perro a través de los siglos, la paloma sigue siendo paloma a través de los años, el hombre no, es muy diferente entre los siglos, es cada día más perfecto, es ya tan perfecto en algunos casos que ha llegado negar de Dios y ser considerado el mismo Dios.

La perfeccionalidad humana no necesariamente significa progreso, humanización, civilización, puede también significar su propia destrucción. Así pues, la corrupción puede ser superada en este proceso de perfecionalidad humana.

En esta problemática de la corrupción explicada de esta manera, en los gobernantes se expresa la dualidad: ser socialmente considerados  y ser dominados por sus pasiones, la corrupción es la expresión del dominio de las pasiones, no hay de otra, los funcionarios no está en ellos ser unos angelitos.

El primer remedio en contra de la corrupción está en inhibirles el florecimiento de sus pasiones, controlarlas, limitarlas, castigar los excesos, porque la corrupción tiene una naturaleza expansiva.  Recuérdese que en la antigüedad a los funcionarios públicos se les castraba, se les llamó eunucos,  para evitar el florecimiento de sus egoísmos, intereses particulares, de sus pasiones sexuales. Claro está que fue un remedio que no compartimos, pero habría que indagar  las penas necesarias para los corruptos.

Ya está dicho, para detener la ola expansiva de la corrupción necesitamos una mejor educación, mejores leyes, enseñanza ética, moral y religiosa, en su idea de cosa que liga, que mejora. Desde luego, un mejor Estado. Hacer que en los funcionarios prevalezca el interés del bien público en lugar del interés particular, tal como lo propuso Bentham.

Que sus actividades se conozcan al detalle, es decir, el acceso ciudadano a los archivos, a los documentos. Que el nombramiento de los gobernantes dependa de una autoridad insobornable, es decir, de la soberanía, del pueblo. El electorado debe tener todo el tiempo y en todo momento la facultad  de quitar a sus gobernantes, de enjuiciarlos, de castigarlos.

Todo gobernante debe tener aptitudes de capacidad, integridad moral, e intelectual, responder en todo tiempo y en todo momento al único tribunal que lo conformamos todos: la sociedad civil, la opinión pública. El escrutinio permanente, constante, panóptico, de la opinión pública, sobre los funcionarios públicos es una condición para limitar las pasiones por ende, la corrupción. De esta manera, la democracia entendida como la constante participación de los ciudadanos en la cosa pública es el más eficaz remedio en contra de la corrupción.

 

 

 

 

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