Juchitán a un año del sismo

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Juchitán de Zaragoza, Oaxaca.- La memoria de la generación actual no tenía registro de un siniestro similar en Oaxaca, la última referencia nos trasladaba a 100 años atrás cuando se cimbró la tierra en México, cuando un terremoto nos sacudió tan bruscamente que nos dejó daños severos en infraestructura y en vidas humanas.
Ocurrió el 7 de septiembre de 2017, poco antes de la media noche, una noche calurosa, un cielo del que casi nadie se dio cuenta que lucía una luna extraordinariamente clara. Esa fue la noche del 8.2
Vino el caos, no hubo forma de defensa, ni antes, ni durante, ni después del fenómeno. En materia de protección civil estamos muy rezagados, aunque ante semejante fuerza se duda que haya prevención que funcione al cien por ciento.
Las casas antiguas, las que nunca fueron reforzadas, pero también edificios nuevos sucumbieron, dolor y muerte se asomaron entre los escombros y vino la sombra más oscura que alguna vez hubiera cubierto la región del Istmo Oaxaqueño, un velo de drama, desesperación y frustración.
Frente a la desgracia se impuso el protagonismo, ante la necesidad se buscó fortalecer un proyecto político, los discursos fueron burdos y fuera de la sensibilidad que la gente en desgracia esperaba y merecía.
Ha transcurrido un año, 41 municipios del istmo de Tehuantepec, siguen sin recuperarse, si, es poco tiempo todavía, no podemos pensar que aquella promesa de reconstrucción mágica sería una realidad, la cordura nos llama a pensar bien las cosas, pero se tuvo la oportunidad de hacer un mejor trabajo, sin embargo, quienes tuvieron los recursos en sus manos pensaron diferente, la solidaridad internacional se manifestó, pero se esfumó mucho dinero.
Los fondos federales no rindieron, la mala o nula planeación, la ineptitud, el doble discurso y el oportunismo político fueron devastadores en doble golpe para los damnificados.
La fuerza del terremoto de 8.2 grados dejó secuelas y cambió totalmente el paisaje en las poblaciones como en la Heroica Ciudad de Juchitán de Zaragoza, donde resultaron dañadas más de 15 mil viviendas según el informe presentado por la SEDATU.
La mayoría de la construcciones son donde existieron grandes construcciones, casas grandes antiguas, ahora tenemos pequeñas casitas que apenas si son suficientes para resguardar a las familias que ahora las habitan, muchas de estas casas ni si quiera están terminadas, porque pues es evidente que el recurso no alcanzó y lo más preocupante es que no existe un programa, no existe una regulación en la construcción de estas casas.
A un año de esa tragedia, es un hecho que la respuesta del gobierno federal y estatal ha sido un fracaso.
No hay un padrón completo y confiable de las familias afectadas, muchas casas siguen destruidas y sus habitantes viven a la intemperie, las escuelas, bibliotecas, mercados y edificios públicos todavía no son funcionales.
Las heridas que dejó el sismo aún no se cierran, así lo muestran también las paredes del templo de San Vicente Ferrer; la fachada está tétrica, en el interior ya no hay imágenes a que rezar, y en lugar de creyentes solo hay puntales sosteniendo el techo que asemeja un rompecabezas apunto de desprenderse.
La reconstrucción va lenta y no parece tener fin, y a la vista se pueden notar las calles con escombros, materiales para construcción y edificios públicos que están en total abandono.
Se tuvo un registro de 14 mil 920 casas con daños, de estas la mitad calificada con daño total, lo que provocó que por meses la gente durmiera en la calle, bajo lonas, soportando fuertes calores en el día y durante la noche intensas lluvias y fuertes vientos.
Así fueron transcurriendo los meses, y los 120 mil pesos otorgados por las autoridades federales no han sido suficientes para la reconstrucción de las viviendas, algunos damnificados fueron defraudados por las empresas constructoras, otros más no recibieron el apoyo a pesar de haber aparecido en el censo realizado por la SEDATU.
La vida en Juchitán ha cambiado, el paisaje de tejados ya no es el mismo, su color aún sigue siendo gris, porque el pueblo sigue con miedo, padeciendo las miles de réplicas que se siguen sintiendo en esta zona del Istmo Oaxaqueño.

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