lunes, agosto 31, 2026

¿Están enamoradas o se enamoran del potencial?

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Por qué nos urge dejar de idealizar, soltar las fantasías y aprender a elegir desde la cruda (pero sanadora) realidad y dejar de estar enamorada del potencial.

Vamos a poner las cartas sobre la mesa y hablar de un tema que nos pega a muchísimas: un malestar amoroso muy propio de esta época, marcado por la infinidad de cambios sociales, emocionales y de mindset que vivimos todos los días.

¿Se han dado cuenta de lo revueltas que estamos últimamente?

Por un lado, tenemos a las personas casadas jurando que la felicidad, la pasión y la verdadera paz están en otro lado. Por el otro, vemos a las solteras buscando el «verdadero amor» con una intensidad tremenda, como si encontrar pareja fuera la varita mágica que va a arreglar, mejorar y darle sentido a su vida entera. Y claro, no podemos olvidar a las desencantadas, las que van saltando de relación en relación, coleccionando decepciones y jurando que el amor ya no existe.

Todo este contexto tan caótico es el caldo de cultivo perfecto para alimentar la mayor fantasía de todas: si el presente no nos alcanza, si lo que tenemos enfrente no nos llena, el potencial parece el mejor refugio. Nos enamoramos perdidamente de lo que el otro «podría llegar a ser».

¿Están enamoradas o se enamoran del potencial?

Primero, cuentahabientes, tenemos que ser súper analíticas y distinguir tres fenómenos que nos traen de cabeza y que solemos meter en la misma licuadora emocional:

  • El deseo: Es ese impulso crudo que nace en nosotras y va hacia algo o alguien que nos atrae físicamente. Es corporal, es erótico, caprichoso y lo único que busca es contacto, placer y conquista. El deseo está en la base de nuestro erotismo y busca vincularnos con aquello que anhelamos. Pero ojo, es extremadamente frágil y cambiante: una vez que consigue lo que quiere, rápidamente buscará algo más.
  • El enamoramiento: Es ese estado de exaltación absoluta. Idealizamos al otro, sentimos una fusión tremenda, pura novedad y muchísima ilusión. Es francamente delicioso, pero también es profundamente engañoso y, sobre todo, temporal. Cuando estamos en esta fase, no amamos a la persona completa; amamos a una imagen cargada de nuestro propio deseo, de nuestra fantasía y de nuestra proyección. Para entregarse «locamente» se requiere de una cierta fragilidad emocional (que, aclaremos, no es lo mismo que vulnerabilidad madura).
  • El amor: Esto, queridas mías, es otra liga. Es mucho más profundo, aterrizado y realista. Implica conocer, aceptar, elegir todos los días, cuidar, construir, negociar y sostenerse en los momentos difíciles. No es solo una emoción intensa que te pone la piel chinita; también es razón, voluntad, ternura, proyecto de vida y muchísima responsabilidad afectiva.

¿Por qué caemos en la trampa del potencial?

Si la realidad es tan clara, ¿por qué seguimos aferrándonos a espejismos? Aquí les van las razones psicológicas de por qué nos enganchamos con el potencial de alguien:

El enamoramiento nos idealiza a niveles extremos: Es una etapa divina, sí, pero peligrosísima si no abrimos los ojos. Nos hace sentir vivas, creativas, deseables. Pero también nos nubla la vista por completo. A veces juramos que es amor cuando en realidad es pura idealización. Editamos generosamente nuestra relación: recortamos de nuestra vista lo que nos incomoda, iluminamos con reflectores lo medio atractivo y justificamos lo ambiguo.

Buscamos ser «salvadas»: Vemos en el otro exactamente lo que nosotras necesitamos. Nos dejamos seducir porque creemos que esa persona viene a llenar una carencia propia. Creemos que a su lado nos sentiremos elegidas, suficientes, valiosas, fuertes y acompañadas. Piénsenlo: más que una pareja, a veces estamos buscando un parche para repararnos.

Creemos que nosotras sacaremos «su mejor versión»: Nos aferramos a alguien que nos da puras migajas, pensando «es que podría dar mucho más»; a alguien. emocionalmente indispuesto, pero «es que me mira con una admiración increíble»; a alguien que no se compromete, justificándolo con que «ha sufrido muchísimo en el pasado»; o al que nos lastima diciendo «es que en el fondo es un hombre bueno».

Así, dejamos de relacionarnos con quien tenemos enfrente y nos relacionamos con la ilusión de quien «va a llegar a ser» estando a nuestro lado. Nos alimentamos de frases sumamente peligrosas: Frases que no son esperanza, cuentahabientes, ¡son puro autoengaño! “Sé que en el fondo me ama”, “Cuando baje su nivel de estrés en la oficina, va a cambiar”, “Al superar a su ex, me va a elegir a mí”, “Cuando se dé cuenta de lo mucho que valgo, se va a comprometer”, “Solo necesita una mujer que sí lo entienda para sanar”, “Conmigo será totalmente diferente”. ¡Basta de estas mentiras!

La realidad nos contradice, la fantasía no: Esa persona imaginaria en nuestra cabeza es perfecta. Nunca evita las conversaciones incómodas, no desaparece emocionalmente tres días, nunca nos dice «no quiero lo mismo que tú». El potencial es perfecto porque vive en nuestra imaginación. La realidad, en cambio, exige datos concretos y fríos:

¿Cómo trata a los demás? ¿Cómo maneja el conflicto? ¿Qué hace cuando se frustra? ¿Cumple lo que promete? ¿Sabe comunicar y reparar el daño? Confundimos los destellos con el carácter: Decimos cosas como: «Es súper sensible, seguro será una pareja profundísima». «Le encantan los niños, seguro quiere hacer familia conmigo». «Me busca a veces los viernes, seguro le importo muchísimo». Entendamos esto de una vez por todas: una acción aislada o un destello de empatía no es una disposición sostenida, ni mucho menos una estructura de carácter sólida.

Construimos castillos en el aire: El ideal romántico siempre se va a estrellar de frente contra el muro de concreto de la realidad. A mayor intensidad de la ilusión amorosa, mayor es nuestra necesidad y carencia interna. Por eso, a veces, los adultos con más vacíos emocionales se enamoran de la forma más destructiva y ciega.

Las «mejores galas» del principio: Al inicio, todos somos nuestra mejor versión

publicitaria, somos la campaña de marketing perfecta. Pero la forma de relacionarse de alguien revela pautas de comportamiento mucho más estables. No elijas a alguien basándote únicamente en cómo te trató cuando quería conquistarte; observa detenidamente cómo funciona cuando la campaña electoral ya terminó.

¿Por qué nos cuesta tanto soltar ese potencial?

Soltar el potencial no es fácil porque implica atravesar duelos fuertísimos. Tienes que llorar por una persona, por una historia que nunca fue, y por darte cuenta de que no somos quienes creíamos ser. Duele hasta el alma porque nos refleja todo lo que nos falta y el enorme trabajo personal que tenemos por delante.

A eso sumémosle la trampa psicológica del potencial: mientras no lo sueltes del todo y la relación no se concrete, tampoco «fracasa» por completo. Siempre dejamos una rendija abierta al «aún podría ser», al «quizá más adelante», al «tal vez si yo hago esto diferente». Esta intermitencia es adictiva y solo aumenta la intensidad de nuestro deseo de forma súper tóxica.

¿Cómo elegir desde la cruda (y sanadora) realidad

El problema no es enamorarse y disfrutar la ilusión. ¡Qué aburrida sería la vida sin ella! El problema consiste en que la ilusión deja de ser un puente y se vuelve tu domicilio permanente; nos instalamos a vivir en la idea de una persona que simple y sencillamente no existe.

Somos seres con carencias, sí, pero nos toca hacernos cargo de ellas. Trabajar en nosotras mismas es lo único que nos permite actuar con cierta idealización inicial, pero siempre respaldadas por la racionalidad y un criterio implacable. Tomen nota de estas 7 reglas de oro:

  • Bajen la velocidad: La prisa es una pésima consejera amorosa. Enamorarse del potencial es humano, pero quedarse a vivir ahí es peligroso. El tiempo es el único juez que muestra los verdaderos patrones relacionales que la química esconde al principio.
  • Pregúntense qué están completando con esa fantasía: Sean brutalmente honestas consigo mismas. ¿Buscan amor real o solo validación? ¿Quieren un compañero de vida o un rescate emocional? ¿Están sintiendo deseo o solo buscan anestesia para un dolor viejo? ¿Quieren compañía o reparar una herida de la infancia?
  • Distingan el potencial de la disponibilidad: Esto es clave. Alguien puede tener un potencial deslumbrante y cero disponibilidad emocional o cero ganas de cambiar. La disposición a trabajar en sí mismos es un millón de veces más importante que cualquier promesa vacía.
  • Dejen de querer cambiar a quien no pide cambiar: Ustedes pueden acompañar procesos, pero por favor entiendan que no son las terapeutas, ni las mamás, ni las salvadoras, ni las arquitectas emocionales de sus parejas. Amar no es remodelar a alguien para que a fuerza encaje en el molde de tus sueños.
  • Exijan reciprocidad: Un buen enamoramiento (y un amor posterior) no se sostiene con una persona imaginando todo un futuro y la otra administrando migajas de atención. Se sostiene con dos personas presentes, interesadas y con la capacidad real de construir.
  • Crean en los hechos más que en la intensidad: La intensidad emocional puede ser hermosa, de película, pero no es confiable. Los hechos son menos poéticos, cero cinematográficos, pero muchísimo más honestos. El verdadero amor no te obliga a cerrar los ojos para poder sostenerlo; te permite abrirlos de par en par sin que tu mundo se derrumbe.
  • Revisen sus mínimos NO negociables: Respeto absoluto, honestidad, cuidado mutuo, deseo, buena conversación, responsabilidad afectiva y un proyecto de vida compatible. No son caprichos de diva, cuentahabientes, ¡son su piso mínimo indispensable para empezar a hablar!

No se conformen con promesas al aire ni con «lo que podría llegar a ser». Ustedes merecen realidades completas, amores maduros, presentes y que les den paz mental.

Especialist: Tere Díaz. Psicoterapeuta especialista en desarrollo personal y terapia de pareja. Autora de los libros “¿Cómo identificar un patán?”, “¿Por qué nos mentimos si nos amamos?”, “Navegando la incertidumbre amorosa” en coautoría con Mónica León y audiolibro “El que busca encuentra, ¿cómo atraer y enamorar?

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