Junio 26, 2019

Sobre la fortaleza democrática de Brasil

De entrada, vamos a ponerla de este tamaño: Según dictamen final del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, del 1 de julio pasado se reconocieron un total de 56 millones 601 mil 874 votos en la elección presidencial.

De ese gran total, al candidato oficial de una alianza encabezada por el partido del gobierno, el PRI, José Antonio Meade, se le acreditaron sólo nueve millones 288 mil 650 votos: Un 16.41 por ciento.

Si Pitágoras no se equivoca, 48 millones 623 mil 124 votos fueron para candidatos presidenciales de oposición: 83.59 por ciento del gran total.

Enrique Peña Nieto actuó en ese proceso electoral como líder nato del partido del gobierno, según usos y costumbres. A la luz de los resultados antes expuestos, ¿el Presidente puede hablar en nombre del pueblo mexicano que votó abrumadoramente contra el candidato presidencial de su gobierno?

Felicitación al afamado “Trump brasileño”

El mexiquense supone que sí: Con esa convicción, el inquilino de Los Pinos subió ayer a su cuenta de Twitter el siguiente mensaje: En nombre del pueblo mexicano y del gobierno de México felicito a Jair Bosonaro por su elección como presidente de la República Federativa de Brasil.

No son suficientes las formas protocolarias para darle rango colectivo a una voluntad que pudo expresarse a título personal, si se quiere incluso en la condición de jefe de Gobierno y de Estado, pero, ¿en nombre del pueblo de México?

Peña Nieto, sin embargo, fue más allá: Calificó de ejemplar la jornada de ayer en Brasil que, dijo, refleja la fortaleza democrática de aquel país.

Para empezar, el candidato triunfante en segunda vuelta, el militar y militarista Jair Bosonaro tiene fama pública internacional como El Trump brasileño, que ya es decir.

Los propios medios de “aquel país” lo presentaron en campaña como un ultraderechista, xenófobo y machista, de inclinaciones totalitarias, que toma a timbre de orgullo estas virtudes.

Le pasó de noche el golpe de Estado legislativo

El mensaje presidencial pretende hacer abstracción de que “la fortaleza democrática” está fincada en los últimos dos años en un golpe de Estado legislativo que derrocó a la presidenta constitucional, emanada de las urnas.

Parece no estar enterado el presidente mexicano que el régimen golpista ha optado por la opción armada contra sus opositores, aun si se trata de meros luchadores sociales.

Ese régimen ha desatado los mastines judiciales contra toda resistencia a sus excesos y, en el proceso electoral que culminó ayer, mantuvo preso y condenado al ex presidente y candidato del Partido de los Trabajadores, el más fuerte oponente, Lula da Silva.

En Brasil tiene su domicilio social el corporativo trasnacional Odebrechet, imputado por fiscales de aquel país y tribunales de otros cinco, de perpetrar cohechos y sobornos para lograr leoninos contratos públicos. 

En México, la Procuraduría General de la Republica no se atreve aún a enviar a tribunales oxidados expedientes que señalan a Odebrecht de haber participado en el financiamiento de la campaña   presidencial del PRI de 2012, a cambio de lo cual fue recompensada con jugosos contratos con cargo a Petróleos Mexicano.

¡Qué le vamos a hacer! Hay muchos modos de ver las fortalezas democráticas. Aquí, verbigracia, algunos se desgarran las vestiduras y se dan baños de ceniza por una simple consulta pública sobre una obra que, por añadidura, fue objetada por los votantes el pasado fin de semana. Todo es según el color/ del cristal con que se mira.

*Director General del Club de Periodistas de México, A.C.

  

 

 

 

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