Comparecer para simular

Hoy en Oaxaca se vive uno de los ejercicios más vacíos y cínicos de la vida pública:
las comparecencias de los funcionarios del Gobierno del Estado ante un Congreso que no representa un contrapeso, sino una oficialía de partes del poder.

Comparecen titulares que forman parte del mismo proyecto político, de la misma corriente ideológica y del mismo partido que controla el Ejecutivo… y que, además, tiene mayoría absoluta en el Congreso del Estado.
Entonces, la pregunta es obligada:
¿para qué sirven estas comparecencias?

No sirven para rendir cuentas.
No sirven para fiscalizar.
No sirven para corregir errores.
Sirven para simular.

Desde el inicio de esta administración, la llamada oposición fue desmoronándose pieza por pieza.
El PRI, que en el discurso se decía crítico, terminó alineándose sin pudor a los intereses del partido en el poder.
Se sumaron al aplauso, al silencio cómodo y al voto automático.
Y lo poco que queda —Movimiento Ciudadano y el PT— no alcanza ni para incomodar, ni para generar un debate serio.


Son oposiciones de utilería.

Por eso hoy vemos a funcionarios en fila, no para explicar resultados, sino para desfilar.
Llegan al Congreso como si fuera alfombra roja.
Hablan sin ser cuestionados.
No se les exhibe.
No se les pide cuentas claras.
Reciben aplausos, fotos, boletines… y se van.

¿Ese es el Poder Legislativo?
¿Ese es el control democrático?
¿Ese es el respeto a la ciudadanía?

Y mientras eso ocurre en el Congreso, afuera se repite el mismo patrón:
un gobierno más preocupado por la narrativa que por la realidad.
Un gobierno de funcionarios influencers.
Funcionarios que viven para las redes sociales, que gobiernan para el algoritmo y que creen que tener likes es sinónimo de gobernar bien.

Dicen una y otra vez que son “de territorio”.
Pero confunden el territorio con giras para tomarse la foto.
Confunden el trabajo con el video editado.
Confunden la política pública con el TikTok.

Porque no basta con visitar comunidades si no se resuelven los problemas.
No basta con recorrer Oaxaca si la gente sigue igual o peor.
No basta con grabar videos si las carencias siguen intactas.

Ir al territorio no es pasear.
No es posar.
No es grabar contenido audiovisual para inflar la imagen personal.
Ir al territorio es trabajar, resolver, regresar, dar seguimiento y rendir cuentas.

Pero hoy vemos funcionarios obsesionados con el alcance, con las vistas, con los aplausos digitales.
Aplausos, por cierto, casi siempre de los mismos:
militantes, simpatizantes y seguidores de su misma línea política.
Eso no es respaldo ciudadano.
Eso es una burbuja.

Y esa burbuja ya empezó a reventarse.
Ahí está el ejemplo del grotesco ejercicio de la revocación de mandato.
Un proceso que quisieron vender como éxito, pero que evidenció desinterés, desconfianza y hartazgo.
Ahí quedó claro que la realidad no se tapa con propaganda.

Hoy quizá no les importe.
Hoy quizá crean que con likes y videos es suficiente.
Pero llegará el momento —porque siempre llega—
en el que las redes no alcancen,
en el que la narrativa se caiga,
y en el que la ciudadanía cobre factura.

Y aquí hay una responsabilidad directa del gobernador.
Porque podrá deslindarse, podrá guardar silencio o podrá voltear a otro lado,
pero la gente no distingue entre funcionario incómodo y jefe del Ejecutivo.
Al final, el señalamiento va directo al gobernador.

Con tantos personajes que estorban, que desgastan y que solo generan enojo —algunos incluso desde el círculo más cercano—
urge que alguien ponga orden.
Que alguien ponga límites.
Que alguien entienda que gobernar no es posar ni acumular seguidores.

Porque hoy Oaxaca no necesita funcionarios de TikTok.
Necesita servidores públicos que trabajen, que den resultados y que rindan cuentas de verdad.

Así que menos pasarela,
menos aplauso fácil,
menos redes sociales… y más chamba.