8 de marzo: una deuda que sigue pendiente

Por Lilu Martínez

Este fin de semana se conmemora el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. Y aunque para muchas personas aún parece una fecha cualquiera, o incluso un motivo de crítica hacia quienes salimos a marchar, la realidad es que esta jornada existe porque la violencia y la desigualdad contra las mujeres siguen siendo una realidad que no desaparece.

México es considerado por muchas organizaciones como un país feminicida. Pero ¿por qué hablar de feminicidio, si todos los días también mueren hombres?

La diferencia es muy clara…
El feminicidio no es solo el asesinato de una mujer. Es la muerte de una mujer por razones de género: por odio, por control, por violencia sistemática, por relaciones de poder que históricamente han colocado a las mujeres en una posición de vulnerabilidad. Es un crimen que ocurre en un contexto de discriminación, violencia doméstica, impunidad y desigualdad.

Y Oaxaca no es ajena a esta realidad.

En lo que va de este 2026, siete mujeres han sido asesinadas, entre ellas la profesora Zeltzin Rubí Ortiz, quien fue víctima de feminicidio en Santa María Lachichina, en la Sierra Norte, comunidad donde impartía clases.

Su caso se suma a una larga lista de mujeres que han perdido la vida en medio de la violencia machista.

De acuerdo con el registro de la organización Consorcio Oaxaca, durante el actual gobierno estatal se han documentado 303 feminicidios en la entidad. Una cifra que organizaciones y colectivas consideran reflejo de una crisis que sigue sin atenderse con la urgencia que demanda.

Defensoras y organizaciones como Mujeres Tejiendo Comunidad han señalado que la violencia feminicida sigue arrebatando la vida de mujeres en Oaxaca.

Las organizaciones han sido claras en sus exigencias: justicia para las víctimas, investigaciones con perspectiva de género y el fin de la impunidad que permite que estos crímenes se repitan.

Ahora bien, también es importante mencionar que el gobierno del estado sostiene una postura muy distinta.

De acuerdo con datos presentados por la Fiscalía General del Estado, en los últimos años los feminicidios han disminuido, incluso se ha señalado una reducción superior al 60 por ciento en este delito, así como una baja en la cifra de muertes violentas de mujeres.

Las autoridades aseguran que esto es resultado, supuestamente, de estrategias de seguridad, coordinación con el gobierno federal y programas de atención a la violencia de género.

Sin embargo, organizaciones de la sociedad civil advierten que existe subregistro, ya que muchos casos de mujeres asesinadas inicialmente son clasificados como homicidios dolosos y no como feminicidio.

Y ahí está una de las discusiones centrales.

Porque más allá de las cifras —sean oficiales o de organizaciones— hay algo que sigue siendo innegable: las mujeres siguen muriendo víctimas de la violencia.

Quizá le estamos pidiendo demasiado a una sociedad que en pleno 2026 aún cuestiona por qué las mujeres marchan.
Quizá también le estamos pidiendo demasiado a instituciones que durante décadas han sido rebasadas por la impunidad.

Pero la lucha de las mujeres no empezó ayer.

Es una lucha histórica. Una lucha que ha permitido que las mujeres ocupen espacios, levanten la voz, denuncien injusticias y visibilicen que todavía queda un largo camino por recorrer.

Lamentablemente mientras las organizaciones documentan casos, acompañan a las familias y ponen nombre y rostro a cada mujer asesinada… desde el poder muchas veces se insiste en reducir el problema a una cifra, a un porcentaje, a una estadística que según ellos “va a la baja”.

Pero la violencia contra las mujeres no se resuelve maquillando números, ni cambiando clasificaciones en los expedientes, ni repitiendo en conferencias que todo va mejor.

Negar la gravedad del problema, minimizarlo o tratar de administrarlo desde el discurso oficial no le devuelve la vida a ninguna mujer.

Cada feminicidio que ocurre en Oaxaca es una evidencia de que el Estado falló: falló en prevenir, falló en proteger y muchas veces también falla en investigar.

Porque cuando las familias pasan años buscando justicia… cuando los casos se quedan en el olvido… cuando las carpetas de investigación avanzan lentamente o simplemente no avanzan… lo que se alimenta no es la justicia, es la impunidad.

Y mientras exista impunidad, la violencia seguirá repitiéndose.

Por eso el 8 de marzo incomoda.

Incomoda porque pone frente al espejo a una sociedad que todavía no entiende la dimensión del problema… y también incomoda a gobiernos que prefieren hablar de avances antes que reconocer que la deuda con las mujeres sigue siendo enorme.

Y mientras esa deuda exista, la exigencia de justicia seguirá en las calles.

El 8 de marzo saldremos por las que hoy no pueden.
Por las que tienen miedo.
Y por las que ya no están.

En un país y en un estado donde la impunidad sigue siendo un problema profundo, claro que es necesario incomodar.

Así que aunque a algunos les moleste, aunque incomode, aunque haya quienes no lo entiendan… las mujeres seguiremos marchando.

Para que las niñas que hoy crecen en este país puedan vivir sin miedo, caminar libres, soñar en grande y tener la certeza de que su voz, su vida y su futuro valen y serán respetados.