miércoles, septiembre 23, 2026

¿Prohibir celulares en las escuelas realmente funciona?

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La decisión de restringir o prohibir los teléfonos celulares en las escuelas ha ganado terreno en distintos países, incluido México. La pregunta es si realmente funciona.

Los datos muestran una respuesta más compleja de lo que parece.

La UNESCO reporta que actualmente más de la mitad de los sistemas educativos del mundo ya tienen algún tipo de restricción al uso de teléfonos móviles en las escuelas. La razón principal es sencilla: los celulares generan distracciones, afectan la atención en clase y pueden estar relacionados con problemas de convivencia y bienestar emocional.

Los estudios internacionales sí encuentran algunos beneficios. Los resultados de PISA 2025 muestran que en las escuelas donde existen restricciones al uso de celulares, los estudiantes reportan menos distracciones durante las clases y menos tiempo dedicado al entretenimiento digital dentro de los planteles.

Pero aquí aparece un dato importante: esos mismos estudios no encuentran evidencia clara de que prohibir celulares, por sí solo, mejore el rendimiento académico. La propia OCDE señala que la relación entre los bloqueos de celulares y las calificaciones sigue siendo incierta. Hay menos distracción, sí; mejores resultados escolares, no necesariamente.

Además, hay otro problema. Muchas veces la discusión se concentra en la escuela, cuando el mayor tiempo de exposición ocurre en casa.

Encuestas del Pew Research Center muestran que prácticamente todos los adolescentes tienen acceso a un teléfono inteligente y que casi la mitad reconoce estar conectada a internet de manera casi constante. Uno de cada tres utiliza alguna plataforma digital prácticamente todo el tiempo.

Otro dato relevante: 45 por ciento de los adolescentes considera que pasa demasiado tiempo en redes sociales y 44 por ciento afirma haber intentado reducir su uso. Incluso, cuatro de cada diez familias reportan discusiones frecuentes por el tiempo que los jóvenes pasan frente al celular.

Es decir, aunque el teléfono salga del salón de clases durante algunas horas, el problema no desaparece al cruzar la puerta de la escuela.

Por eso varios especialistas plantean que la discusión no debe quedarse únicamente en la prohibición. El reto es mucho más amplio: educación digital, supervisión familiar, alfabetización tecnológica y desarrollo de hábitos saludables.

Porque la tecnología no es el enemigo. El celular es una herramienta de comunicación, información, trabajo y aprendizaje. Vivimos en un mundo digitalizado y globalizado donde las nuevas generaciones necesitarán competencias tecnológicas cada vez más avanzadas.

La discusión de fondo quizá no sea si los jóvenes tienen o no un teléfono, sino qué están viendo, cuánto tiempo pasan conectados y cómo funcionan los algoritmos que buscan mantener su atención durante horas.

Por eso, además de las restricciones escolares, el debate también alcanza a las grandes empresas tecnológicas y a las plataformas digitales. Cada vez más voces plantean que deben asumir una mayor responsabilidad sobre los contenidos que recomiendan, la forma en que capturan la atención de niñas, niños y adolescentes, y los mecanismos con los que operan sus redes sociales.

La evidencia disponible indica que limitar el uso de celulares en las escuelas puede reducir distracciones. Pero también muestra que no existe una solución única. El desafío va más allá de un reglamento escolar y toca a las familias, a las plataformas digitales y a toda una sociedad que todavía intenta aprender a convivir con una tecnología que avanza más rápido que las reglas para usarla.

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