Por Lilu Martínez
Esto que hoy vemos —la defensa automática de Maduro, la evocación constante del Che y de Hugo Chávez— no es casualidad ni espontánea.
Es el resultado de una narrativa arrastrada por generaciones, construida mucho antes de las redes sociales y de la polarización digital.
Hay que decirlo con claridad: durante décadas, en América Latina —y también en México— se formó una retórica emocional de izquierda, más cercana al mito que al análisis. Esa narrativa no nació en Twitter ni en TikTok: nació en las aulas, en universidades públicas, normales rurales, sindicatos y espacios académicos marcados por la Guerra Fría, los movimientos de los años setenta y un antiimperialismo asumido más como identidad moral que como herramienta crítica.
Muchos de quienes hoy defienden estos símbolos fueron formados por profesores que vivieron ese periodo histórico, que enfrentaron dictaduras, represión y autoritarismos reales, y que con convicción —y muchas veces con romanticismo— trasladaron esa visión a la enseñanza. Pero no para enseñar historia completa, sino para formar conciencia política alineada a sus propias creencias.
No se enseñó todo.
Se enseñó al Che como héroe revolucionario, no como un dirigente que defendió abiertamente el fusilamiento, rechazó el pluralismo político y justificó la violencia como método de poder. Eso no es interpretación: está documentado en sus propios escritos y discursos.
Se enseñó a Cuba como símbolo de resistencia frente a Estados Unidos, no como un régimen de partido único sin elecciones libres, sin libertad de prensa y con represión sistemática a la disidencia desde hace más de seis décadas.
Se enseñó a Chávez como redentor de los pobres, no como el arquitecto de un modelo que, aun con ingresos petroleros históricos, desmanteló contrapesos, concentró poder, subordinó instituciones y sentó las bases del colapso económico y social de Venezuela.
Eso generó generaciones enteras que aprendieron símbolos antes que pensamiento crítico. Playeras, consignas, murales, tatuajes. Militancia estética. Identidad política heredada, no revisada.
Por eso hoy, cuando se habla de Venezuela, muchos no discuten datos duros: inflación descontrolada, millones de migrantes forzados, persecución política, colapso institucional, servicios públicos destruidos. Discuten emociones. Defienden un relato. Y cuando ese relato es cuestionado, la reacción no es debate, es enojo, porque no están defendiendo un modelo de gobierno: están defendiendo su formación, su identidad y su historia personal.
Hugo Chávez entendió eso mejor que nadie. Tomó al Che, tomó el discurso del pueblo contra las élites, lo adaptó al siglo XXI y lo convirtió en poder político. No necesitó fusiles: necesitó narrativa, petróleo y enemigos permanentes. Gobernó desde la épica, no desde la institucionalidad. El resultado está a la vista: un país devastado, hasta el sábado pasado encabezado por Maduro, sostenido más por lealtades ideológicas externas que por legitimidad interna.
Y aquí entra México.
La llamada Cuarta Transformación no es chavismo ni comunismo, pero sí bebe de esa misma fuente retórica. Andrés Manuel López Obrador —y ahora Claudia Sheinbaum— han utilizado un lenguaje muy similar: el pueblo contra los conservadores, la historia como justificación moral del presente, la desconfianza sistemática hacia contrapesos, instituciones autónomas y crítica incómoda.
No es casual que esa narrativa conecte tan bien con ciertos sectores. Es una épica conocida, cómoda, emocional. No exige revisión, no exige autocrítica ni resultados medibles a corto plazo. Exige lealtad.
El problema no es hablar de justicia social.
El problema es usar símbolos para sustituir resultados y discursos para justificar concentración de poder.
Porque cuando la política se vuelve dogma, cualquier crítica se convierte en traición. Y cuando el Estado se construye desde la épica y no desde la institucionalidad, el costo siempre lo paga la sociedad, no los líderes ni los símbolos.
Venezuela es el ejemplo extremo de lo que ocurre cuando la narrativa suplanta a los hechos.
México aún está a tiempo, pero solo si se atreve a revisar sus mitos.
Para eso hay que decirlo sin miedo:
no todo lo que se enseñó fue verdad completa,
no todo lo que se heredó fue pensamiento crítico,
y no todo lo que hoy se defiende tiene sustento en la realidad.
Gobernar no es repetir consignas del pasado.
Es responderle al presente.
Y los mitos, tarde o temprano, siempre se rompen contra los hechos.



