Por Lilu Martínez
Lo ocurrido ayer en la llamada revocación de mandato no fue un ejercicio democrático; fue una escenificación del poder. Una jornada marcada por la compra de voluntades, por la operación abierta del gobierno y de sus funcionarios, y por una práctica que todos vimos: el trueque de la dignidad por migajas.
Doscientos, trescientos, quinientos pesos. Una despensa. Un apoyo condicionado.
Eso fue suficiente para que miles renunciaran a su voz, no por ignorancia, sino por normalización de la humillación.
Octavio Paz lo advirtió con crudeza en El laberinto de la soledad:
“La pérdida de la conciencia moral convierte al hombre en cosa.”
Eso vimos ayer: ciudadanos reducidos a objetos electorales, a cifras útiles para sostener un discurso de legitimidad. No fue pobreza solamente; fue la aceptación del sometimiento como algo normal.
Y Erich Fromm lo resume con una frase contundente:
“El hombre moderno cree que pierde algo —tiempo, dinero, comodidad— si no se somete; pero lo que realmente pierde es a sí mismo.”
Eso es lo más grave: no se vendió un voto, se vendió la identidad. Se entregó la conciencia cívica a cambio de una despensa que no saca de la pobreza, pero sí consolida la dependencia.
Aquí no hay inocentes.
El gobierno que compra es responsable, pero también lo es quien acepta. Porque una democracia no se destruye solo desde arriba; se desmorona cuando la ciudadanía deja de sentirse digna.
Que les dé vergüenza, sí.
Por haber aceptado que su voluntad vale menos que un billete.
Porque cuando el poder compra conciencias y la sociedad las vende, lo que queda no es un pueblo: es una masa administrable.
Pese a todo ese aparato burdo, aceitado desde el poder, hay que decirlo con claridad: sí hubo ciudadanía que salió y dijo no.
No conmigo. No con mi voto. No con mi dignidad.
Porque este no fue un ejercicio ciudadano; fue un proceso dirigido desde el poder, operado con recursos públicos, con funcionarios convertidos en promotores y con organismos que, lejos de garantizar equidad, nos limitaron. Aun así, hubo quienes resistieron.
Y eso importa.
Porque demuestra que, aunque el gobierno compre conciencias, no puede comprarlas todas. Que todavía existe una parte de la sociedad que entiende que la democracia no se mendiga ni se intercambia por una despensa.
Decía el burdo ex presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, con ironía involuntaria, que existían “las benditas redes sociales”.
Y tenía razón, aunque no como él quisiera.
Porque ahí, en las redes, por más dinero que le metan, por más cuentas falsas que activen, por más trabajadores que manden a opinar en positivo, no pueden callar el descontento. No pueden borrar la indignación. No pueden ocultar el hartazgo.
Ahí está la evidencia de que el discurso oficial no convence, se impone.
Y aun así, no logra silenciar.
A usted, ciudadana, ciudadano, le pregunto:
¿Qué estado y qué país queremos dejar?
Siga construyendo sus hogares con valores, con principios y, sobre todo, con dignidad. Porque aquí no hay ciudadanos de primera y de segunda. Aquí todas y todos somos iguales.
Y no, quienes mueven Oaxaca no son los que despachan desde el palacio de gobierno.
Quienes mueven Oaxaca son su gente trabajadora, la que todos los días se hace camino, se abre brecha, resiste, construye y sostiene este estado.
Haga conciencia.
Porque el poder se corrompe cuando compra, pero la democracia muere cuando se vende.



