Fiesta, estancamiento e inseguridad: la otra cara del desarrollo en Oaxaca

Por Lilu Martínez

La semana pasada se dieron a conocer las cifras del INEGI sobre el crecimiento económico y, una vez más, Oaxaca aparece entre los últimos lugares a nivel nacional. Bajo crecimiento, poco dinamismo y una economía que no logra despegar. Y a este escenario económico hay que añadirle otro problema que se ha vuelto cotidiano: la creciente inseguridad, particularmente en la ciudad de Oaxaca de Juárez.

Porque mientras se presume derrama económica por fiestas y eventos, en la vida diaria la realidad es otra. La inseguridad ha ido en aumento, con ataques armados, homicidios y hechos violentos que se repiten cada vez con mayor frecuencia en la capital y su zona metropolitana, lo que también impacta la actividad económica, el comercio y la percepción de la ciudad.

En este contexto, vale la pena detenernos en lo que ocurre en Oaxaca de Juárez, donde cada año se repite el mismo discurso: que la Guelaguetza, el Día de Muertos o los grandes eventos dejan una importante derrama económica. Y sí, la dejan… pero sólo por unos días.

La ciudad se llena, hay ocupación hotelera, mayor consumo en restaurantes, artesanías y servicios. El dinero circula, pero no se traduce en crecimiento económico real. Los empleos que se generan son, en su mayoría, temporales e informales, sin prestaciones ni estabilidad, y una vez que termina la temporada, el ingreso desaparece y todo vuelve al punto de partida.

Además, esa derrama se concentra casi exclusivamente en la capital y en algunos corredores turísticos, mientras el resto del estado permanece sin inversión, sin empleo estable y con servicios limitados. Para el promedio estatal —el que miden instituciones como el INEGI— estas fiestas no alcanzan para compensar la caída de sectores estratégicos como la industria, la construcción o el comercio formal.

A esto se suma otro problema estructural: buena parte del dinero que entra no se queda en Oaxaca. Va a cadenas hoteleras, proveedores externos y empresas que no reinvierten localmente. El recurso circula unos días, pero sale rápido, sin dejar bases para el desarrollo.

Y cuando a esta fragilidad económica se le añade un entorno de inseguridad creciente, el impacto es mayor. Comerciantes que cierran temprano, inversiones que se frenan, turismo que duda en regresar y ciudadanos que viven con mayor incertidumbre. Economía débil e inseguridad terminan alimentándose entre sí.

Por eso, aunque Oaxaca de Juárez registre alta ocupación turística en temporadas clave, el estado puede estancarse o incluso retroceder. El problema no es la falta de eventos, sino la falta de una economía sólida que genere empleos permanentes, inversión productiva y bienestar durante todo el año. Mucha fiesta, poco desarrollo.

Y cuando dejamos la capital y volteamos al Istmo, el panorama no mejora.
En información de Álvaro Morales, el Instituto Mexicano para la Competitividad advierte que, pese a proyectos como el Corredor Interoceánico, esta región sigue siendo la menos competitiva del país.

De acuerdo con el Índice de Competitividad Regional 2026, el Istmo obtuvo apenas 22.66 puntos sobre 100, ubicándose en el último lugar nacional. El diagnóstico es claro: baja atracción y retención de inversión, poca llegada y permanencia de talento, infraestructura limitada y condiciones laborales precarias.

El informe señala conflictos laborales, falta de espacios industriales, salarios por debajo del promedio, alta informalidad y deficiencias en servicios básicos como agua y energía. Todo esto explica por qué la inversión no llega… y cuando llega, no se queda.

Así, mientras otras regiones avanzan con economías productivas, exportaciones y empleo formal, Oaxaca sigue dependiendo de temporadas, tanto en la capital como en el Istmo, en un contexto donde además la inseguridad se ha convertido en un factor que frena el desarrollo.

Fiestas y proyectos hay.
Lo que sigue faltando es crecimiento estructural, seguridad y bienestar sostenido.