Seguro ustedes o alguna vez sus hijos les han preguntado sobre el hijo favorito, y la respuesta seguro es la misma: los quiero por igual, peeero puede que eso no sea verdad.
Nuestra querida Julia Borbolla, Experta en Psicología infantil, nos va a explicar las razones por las que los hijos pueden ser favoritos, pero no todo tiene que ver con la crianza, aquí les contamos.
¿Los papás tienen un hijo favorito?
Ejemplos de cómo se puede ver el favoritismo parental, porque no sólo se trata de ‘querer más a un hijo’:
- Distribución desigual del tiempo y la atención: Un hijo recibe más tiempo de convivencia, más interés por sus actividades o mayor disposición de los padres para escucharlo, mientras que otro es constantemente pospuesto con frases como “luego hablamos” o “tú puedes solo”.
- Diferencias en las reglas y consecuencias: Un hermano tiene permisos más flexibles, menos sanciones ante conductas similares o mayor tolerancia a errores, mientras que otro enfrenta normas más estrictas o castigos más severos por situaciones comparables.
- Apoyo económico o material desigual sin explicación clara: Un hijo recibe más apoyo financiero, regalos más significativos o inversiones educativas mayores (cursos, viajes, estudios), mientras que a otro se le exige mayor autosuficiencia sin que exista una razón explícita o conversada.
- Validación emocional selectiva: Las emociones de un hijo son escuchadas y tomadas en serio (“entiendo cómo te sientes”), mientras que las del otro se minimizan (“estás exagerando”, “no es para tanto”), generando la sensación de que sus experiencias importan menos.
- Prioridad en eventos y decisiones familiares: Las fechas importantes, celebraciones o decisiones familiares se organizan alrededor de la disponibilidad o preferencias de un hijo, dejando sistemáticamente a otro en segundo plano.
¿Qué es el favoritismo parental?
Aunque la mayoría de los papás afirman amar a todos sus hijos por igual, estudios de las últimas décadas muestran que el trato diferencial dentro de las familias es frecuente y puede tener consecuencias significativas en la salud mental a lo largo de la vida.
El favoritismo parental se refiere a la tendencia —consciente o inconsciente— de los padres a mostrar mayor cercanía emocional, apoyo, atención o recursos hacia uno de sus hijos en comparación con los demás. Este trato desigual puede manifestarse en aspectos cotidianos (tiempo, afecto, expectativas) o en decisiones relevantes (apoyo económico, convivencia, celebraciones familiares).
Debido a la desaprobación social del tema, los investigadores no suelen preguntar directamente si existe un “hijo favorito”. En su lugar, utilizan preguntas indirectas como:
- ¿Con qué hijo se siente emocionalmente más cercano?
- ¿A cuál dedica más tiempo o recursos?
- ¿Con cuál se siente más decepcionado?
A través de este tipo de mediciones, los resultados han sido consistentes: aproximadamente dos tercios de los padres muestran algún grado de favoritismo, y en muchos casos este se mantiene estable durante décadas.
¿Quiénes suelen ser los hijos favoritos?
No existe un perfil único del “hijo preferido”, pero la investigación ha identificado ciertas tendencias:
- Las hijas mujeres suelen recibir trato preferencial con mayor frecuencia.
- Los hijos menores tienden a ser más favorecidos que los mayores.
- Los niños con personalidades más complacientes, organizadas o similares a las de sus padres suelen generar mayor cercanía.
- En la adultez, compartir valores religiosos, políticos o de estilo de vida con los padres es uno de los factores más determinantes del favoritismo.
Contrario a lo que muchos hijos creen, logros académicos, éxito profesional o incluso conductas problemáticas graves (como adicciones o conflictos legales) tienen menos peso del esperado en el favoritismo parental.
La percepción importa más que la intención
Uno de los hallazgos más relevantes es que no es tan importante si los padres creen que tratan a sus hijos de manera desigual, sino si los hijos perciben ese trato como injusto.
En más de la mitad de los casos, padres e hijos no coinciden en su evaluación del favoritismo dentro de la familia.
Desde edades muy tempranas, los niños comparan cómo son tratados respecto a sus hermanos. Cuando perciben que reciben menos atención, menos afecto o menos consideración, esa experiencia puede afectar profundamente su bienestar emocional.
Impacto en la salud mental a corto y largo plazo
Los estudios muestran que los hijos que se sienten menos favorecidos tienen mayor riesgo de:
- Ansiedad y depresión
- Baja autoestima
- Relaciones familiares conflictivas
- Conductas de riesgo durante la adolescencia, como consumo de alcohol o tabaco
Lo más relevante es que estos efectos no desaparecen con el tiempo. En la adultez, la percepción de haber sido el hijo menos querido es uno de los predictores más fuertes de malestar psicológico, incluso más que variables como el estado civil, el empleo o la edad.
¿Se puede reducir el daño?
La investigación sugiere que el trato diferente no siempre es dañino si los padres explican claramente las razones.
Cuando un niño entiende que un hermano recibe más apoyo porque atraviesa una dificultad específica —académica, emocional o de salud—, los efectos negativos del trato desigual disminuyen de forma significativa. El problema surge cuando el favoritismo es constante, no explicado y se interpreta como una señal de menor valor personal.
¿Y el hijo favorito?
El favoritismo tampoco es inocuo para quien lo recibe. Cuando la desigualdad es marcada, los hijos favorecidos pueden experimentar culpa, presión excesiva por cumplir expectativas y dificultades en la relación con sus hermanos. La mayoría de los niños, incluso los beneficiados, valoran la equidad y la justicia dentro de la familia.
¿Qué hacer?
Aceptar que puede existir (sin justificarse)
El primer paso no es defenderse, es tolerar la incomodidad. Muchos padres se apresuran a explicar, minimizar o negar: “no es cierto”, “así lo ves tú”, “yo los amo igual”. Eso cierra el diálogo. Qué hacer: Reconocer la posibilidad sin debatirla.
Ejemplo práctico: “Puede ser que sin darme cuenta te haya hecho sentir menos visto. Quiero entender cómo fue para ti.” Ese reconocimiento baja la activación emocional del hijo y abre espacio a reparación.
Escuchar sin corregir la narrativa del hijo
El cerebro del hijo no busca un juicio justo; busca validación de su experiencia. Discutir recuerdos (“eso no pasó así”) suele reactivar la herida. Qué hacer: Escuchar sin interrumpir, sin justificar, sin comparar.
Ejemplo práctico: “Eso que cuentas suena muy doloroso. Entiendo por qué te marcó.”La validación no implica culpa; implica presencia.
Separar equidad de igualdad
Igualdad es dar lo mismo. Equidad es dar lo que cada uno necesita, pero explicándolo siempre. Qué hacer: Anticipar y verbalizar diferencias.
Ejemplo práctico:“Hoy ayudo más a tu hermana porque está más vulnerable. Eso no cambia el lugar que tú tienes conmigo.” La explicación previene interpretaciones de rechazo.
Reparar el vínculo, no el pasado
El pasado no se puede editar, pero el presente sí puede ser una experiencia emocional correctiva. Intentar “compensar” con regalos o favores suele fallar; lo que sana es el vínculo. Qué hacer: Crear rituales de conexión individual.
Ejemplo práctico: Un espacio fijo (quincenal o mensual) donde ese hijo tenga atención exclusiva, sin teléfonos, sin interrupciones, sin hablar de hermanos. El mensaje implícito es: eres suficiente por ti mismo.
Cuidar el lenguaje cotidiano
El favoritismo se filtra en frases pequeñas, dichas sin mala intención pero con gran impacto. Qué hacer: Eliminar comparaciones y etiquetas.
Ejemplos a evitar:
“Tu hermana siempre fue más sensible.”
“Tú eres el fuerte.”
“Tú no necesitas tanto.”
Reemplazar por descripciones situacionales, no identitarias. El cerebro infantil internaliza etiquetas como verdades permanentes.
Incluir a los hijos adultos en la reparación
El favoritismo no desaparece cuando los hijos crecen. De hecho, muchas heridas se activan más en la adultez. Qué hacer: Hablar explícitamente del tema, incluso tarde.
Ejemplo práctico:“He pensado mucho en cómo fue nuestra relación cuando creciste. Hay cosas que hoy haría distinto.” Nunca es tarde para que un hijo se sienta visto.
Pedir ayuda profesional cuando hay resentimiento crónico
Cuando el dolor se vuelve persistente, aparece distancia emocional, rupturas familiares o síntomas de ansiedad y depresión, la intervención terapéutica es clave. Qué hacer: Terapia familiar o individual enfocada en apego y relaciones. No para buscar culpables, sino para reorganizar el sistema emocional de la familia.
Especialista: Julia Borbolla. Psicóloga con 40 años de experiencia, imparte talleres para padres de familia y corporativos, Fundadora de la Clínica Grupo Julia Borbolla Psicología Integral, especializada en niños, niñas y adolescentes.



