Por Lilu Martínez
Hoy vamos a hablar de un tema que todos vemos y todos padecemos: la basura.
Porque el problema en la capital oaxaqueña y los municipios conurbados no está resuelto. Y lo peor: parece que nadie quiere asumirlo.
Recordemos el origen de esta crisis.
Se cerró el tiradero de Villa de Zaachila y la ciudad entró en caos. Montañas de residuos en calles, mercados y avenidas principales. La solución inmediata fue mandar la basura a otros estados. Una medida emergente, sí… pero carísima. Toneladas y toneladas trasladadas diariamente para evitar el colapso total.
En ese momento, el gobierno estatal prácticamente dejó solo al municipio de Oaxaca de Juárez. Hubo desgaste político, señalamientos y semanas de incertidumbre.
Después vino la gran promesa: el famoso Centro Integral de Revalorización de Residuos Sólidos Urbanos, el CIRRSU.
Y aquí cerca, en Santa Cruz Xoxocotlán, se inauguró la Estación de Transferencia con una inversión superior a 80 millones de pesos.
Se nos dijo que procesaría 730 toneladas diarias.
Que atendería a nueve municipios metropolitanos.
Que operaría bajo control higiénico.
Que sería la solución estructural.
Entonces hoy la pregunta es directa, incómoda y necesaria:
Si ya existe infraestructura… ¿por qué sigue fallando la recolección?
Porque la ciudadanía sigue reportando retrasos.
Porque en colonias completas el camión no pasa cuando debe.
Porque en la Central de Abasto el problema sigue siendo visible.
Porque hace apenas unas semanas el Sindicato 3 de Marzo bloqueó el centro exigiendo herramientas, mantenimiento, llantas y unidades nuevas.
Los trabajadores dicen que se quedan sin gasolina.
Que las unidades se descomponen constantemente.
Que no hay mantenimiento preventivo.
Y aquí es donde la narrativa oficial empieza a desmoronarse.
Se invirtieron millones en infraestructura final.
Pero ¿se invirtió lo suficiente en la operación diaria?
Porque de nada sirve un centro de transferencia moderno si el camión no recoge la basura en la colonia.
De nada sirve hablar de manejo integral si el servicio básico es intermitente.
Hay que reconocer algo: la ciudadanía avanzó.
Desde la administración de Francisco Martínez Neri se impulsó la separación domiciliaria y hoy la mayoría de los hogares ya separa residuos orgánicos e inorgánicos. La gente ha hecho su parte.
Pero cuando la autoridad no cumple, el modelo se cae.
El gobernador Salomón Jara Cruz presentó el proyecto metropolitano como una solución integral. Y sí, hay infraestructura. Pero la eficiencia del sistema no se mide en conferencias ni en inauguraciones. Se mide en calles limpias.
Y hoy la ciudad no está limpia.
Y viene lo más delicado: el calor.
Con temperaturas más altas, la descomposición se acelera.
Aumentan los malos olores.
Llegan plagas.
Se incrementa el riesgo sanitario.
La basura no es sólo un problema estético. Es un problema de salud pública.
Y aquí otra pregunta incómoda:
¿Quién asume la responsabilidad si esto escala?
Porque no es lo mismo trabajar en una oficina climatizada que caminar entre montones de desechos en colonias populares o en inmediaciones de la Central de Abasto.
El problema de la basura en Oaxaca no está resuelto. Está contenido políticamente.
Se avanzó en infraestructura.
Se avanzó en separación ciudadana.
Pero la operación cotidiana —la que realmente importa— sigue fallando.
La gestión pública no se mide en millones invertidos.
Se mide en resultados.
Y mientras el camión no pase a tiempo, mientras las unidades sigan descompuestas y mientras la coordinación metropolitana no funcione como debería, el discurso seguirá siendo eso: discurso.
La basura no espera.
No entiende de tiempos políticos.
No respeta calendarios administrativos.
Y la ciudad tampoco debería acostumbrarse a vivir entre ella.
Es cuanto.



