Por Lilu Martínez
Hoy en el comentario hay un tema que, aunque parece técnico, en realidad impacta directamente en el bolsillo de todos: el aumento a las casetas de peaje en México.
Desde este lunes —casualmente justo después de terminar la temporada vacacional— subieron las tarifas en autopistas de todo el país. Sin previo aviso claro para los usuarios, sin una campaña de información, y en muchos casos, como aquí en Oaxaca, la gente se enteró hasta que llegó a pagar.
En rutas como la Barranca Larga–Ventanilla ya se reportó el incremento, y la autopista Tehuacán–Oaxaca se mantiene entre las más caras del país. Es decir, moverse ya no sólo es complicado… ahora también es más caro.
El gobierno argumenta que estos aumentos responden a costos de mantenimiento, operación e infraestructura. Pero la realidad en carretera es otra: tramos en mal estado, falta de señalización, y lo más grave… inseguridad.
Ahí está el caso de la autopista Cuacnopalan–Oaxaca, donde transportistas denuncian constantemente robos violentos. Asaltos a plena luz del día, mercancías perdidas y vidas en riesgo.
Entonces …
¿por qué pagar más por carreteras que no garantizan ni seguridad ni condiciones dignas?
Pero además, este aumento no es un hecho aislado. Tiene un efecto en cadena.
Si sube el peaje, sube el costo del transporte.
Si sube el transporte, sube el costo de distribución.
Y si sube la distribución… suben los precios de los productos.
Así de simple.
Esto alimenta directamente la inflación. Porque no sólo estamos hablando de turistas o automovilistas particulares; estamos hablando de alimentos, materiales, insumos básicos que todos los días se mueven por estas carreteras.
Y al final, quien termina absorbiendo ese costo es el consumidor.
Es decir: usted.
Ahora bien, hay otro punto que no se puede ignorar.
Hace apenas semanas vimos movilizaciones de transportistas en distintas partes del país, exigiendo seguridad en carreteras. Denunciando abandono, violencia, extorsión.
¿Y cuál fue la respuesta?
Más cobro.
No más vigilancia.
No mejores condiciones.
No garantías reales.
Esto revela una lógica preocupante: el usuario paga más, pero el Estado no necesariamente está cumpliendo.
Y en un contexto económico donde ya hay presión por el precio de combustibles, por el costo de la canasta básica, por la incertidumbre económica global… este tipo de decisiones terminan siendo un golpe acumulado.
Porque no es sólo la caseta.
Es la gasolina, es el transporte, es el alimento, es todo.
Por eso el cuestionamiento no es menor:
¿se está trasladando el costo de la ineficiencia y de la falta de seguridad al ciudadano?
Porque si así es, entonces no estamos hablando de un ajuste técnico…
estamos hablando de una carga más para el bolsillo de los mexicanos.
Y una vez más, el falso y metafórico argumento del gobierno.



