Columnista Jorge Gaviño
Hoy celebramos el Día Internacional del Libro luego de la declaratoria de la UNESCO de 1988. Muchas cosas han cambiado en el mundo desde entonces, y en los tiempos que vivimos, detenernos a leer es un acto de rebeldía contra la prisa de la vida cotidiana ¿Qué habría pasado si el caballero de la leyenda de San Jorge hubiese tenido prisa? Si él no se hubiera detenido a mirar el miedo en los ojos del dragón, si hubiese resuelto el combate como hoy resolvemos todo: rápido, eficiente, sin contemplación. ¿Habría brotado la rosa? ¿Habría nacido ese gesto que siglos después se convirtió en tradición, en símbolo, en ese intercambio delicado entre el libro y la flor? Y, más aún. ¿Qué habría ocurrido si Miguel de Cervantes hubiera escrito con la ansiedad de nuestro tiempo, interrumpido por el ruido de un mundo que no sabe callar? ¿Habría sido posible el delirio de don Quijote en una época que no tolera la digresión?
El libro pertenece a una especie en peligro: la de las cosas que requieren tiempo. No tiempo medido en segundos, sino tiempo vivido, tiempo que se expande, que se detiene, que incluso se pierde. El filósofo Byung-Chul Han lo ha dicho con precisión: habitamos una sociedad del rendimiento, donde incluso el descanso se convierte en una tarea y el tiempo libre en una extensión de la productividad. Leer, entonces, queda atrapado en esa lógica perversa: leemos para saber, para opinar, para acumular referencias, pero cada vez menos para demorarnos. El libro, que debería ser un espacio de contemplación, se convierte en un objeto más dentro de la lista de pendientes.
Frente a esa aceleración, la lectura propone otra ética: la de la lentitud. Irene Vallejo lo recuerda al rastrear la historia del libro como una resistencia silenciosa contra el olvido. Desde los rollos de papiro hasta las bibliotecas digitales, el libro ha sobrevivido no por adaptarse a la velocidad, sino por ofrecer algo que la velocidad no puede dar: profundidad. Leer es descender, no desplazarse. Es aceptar que hay sentidos que solo aparecen cuando uno se queda el tiempo suficiente.
Y, sin embargo, nunca habíamos tenido tanto al alcance. Bibliotecas enteras caben en un dispositivo, millones de páginas flotan en la inmediatez de una pantalla, listas interminables de recomendaciones nos prometen el siguiente libro incluso antes de terminar el anterior. Pero esa abundancia ha generado una forma de ansiedad: la sensación de que siempre hay algo más por leer, algo mejor, algo más urgente. Así, el libro que tenemos entre las manos compite con todos los libros posibles, y en esa competencia es derrotado.
El 23 de abril, fecha que une simbólicamente a William Shakespeare y Cervantes, no es solo una conmemoración literaria. Es una pausa. Un recordatorio de que la literatura no nació para ser consumida, sino para ser habitada. La tradición catalana de regalar una rosa junto a un libro insiste en esa idea con una delicadeza que hoy resulta casi subversiva: la rosa, efímera, y el libro, persistente; uno que se entrega al instante, otro que exige duración. Quizá el problema no sea que leamos menos, sino que vivimos de otra manera el tiempo. Hemos aprendido a deslizar, a saltar, a fragmentar. Nos hemos acostumbrado a la interrupción como forma natural de experiencia. Y en ese mundo, el libro aparece como una anomalía: un objeto que no se deja interrumpir sin perder su sentido, que pide continuidad, silencio, entrega.
Leer un libro completo, hoy, es un acto de resistencia íntima. No contra la tecnología, sino contra la prisa que la atraviesa. Es elegir una voz y sostenerla, permitir que nos acompañe sin la urgencia de llegar a otro lugar. Es aceptar que no todo tiene que ocurrir de inmediato, que hay experiencias —las más profundas— que solo se revelan en la demora. Tal vez por eso seguimos regalando libros y rosas. Porque en ese gesto hay una intuición antigua: la de que el tiempo no siempre debe ser conquistado. A veces basta con habitarlo



