Por Lilu Martínez
La lección que acaba de recibir el gobernador Salomón Jara no es menor. No es un asunto anecdótico. No es un simple “llamado de atención”. Es una advertencia política seria.
La revocación de mandato dejó algo muy claro: hay molestia, hay desencanto y hay una ciudadanía que ya no está dispuesta a aplaudir por inercia. Aunque el proceso no prospere jurídicamente, el mensaje político es contundente: hubo demasiados votos para que se fuera. Muchísimos más de los que cualquier gobierno en funciones debería ignorar.
Y ahora vienen los cambios en el gabinete.
El gobernador anunció que la próxima semana dará a conocer ajustes. Pero la pregunta no es si habrá cambios. La pregunta es si habrá un verdadero golpe de timón o simplemente un reacomodo cosmético.
Porque lo que la gente está castigando no es solamente una narrativa. Está castigando la ineficiencia. Está castigando la soberbia. Está castigando la frivolidad de funcionarios que parecen más preocupados por producir contenido para redes sociales que por resolver problemas públicos.
Hoy vemos secretarios más enfocados en la fotografía que en la política pública. Más pendientes del encuadre que del resultado. Funcionarios que confunden gobernar con posar. Que creen que reunirse es trabajar y que publicar es transformar.
La administración pública no es una agencia de marketing personal.
Y cuando se llenan las dependencias de perfiles incapaces, de improvisados, de cuotas políticas, de compromisos de campaña, de compadrazgos y hasta de vínculos de sangre, el resultado es el que hoy estamos viendo: desgaste acelerado, pérdida de confianza y una percepción creciente de que el gobierno vive en una burbuja.
Porque sí, gobernador, permitir que personajes así operen con impunidad también es responsabilidad suya. La omisión es una forma de corrupción. La negligencia política tiene consecuencias. Sostener a funcionarios que no dan resultados no es lealtad: es complicidad.
Hay secretarías estratégicas que claramente no están funcionando. Áreas donde no hay control político, no hay ejecución eficiente, no hay conducción técnica. Pero sí hay egos inflados. Sí hay protagonismo vacío. Sí hay equipos llenos de asistentes que sirven más para la logística de la imagen que para la eficacia institucional.
Y la ciudadanía ya lo percibió.
Recordemos algo: cuando ganó Salomón Jara, la participación fue históricamente baja. No fue una victoria arrolladora en términos de entusiasmo ciudadano. Fue una elección con respaldo limitado. Eso implicaba una obligación doble: construir confianza.
Sin embargo, en vez de ampliar esa base, la percepción es que el capital político se ha ido erosionando.
Hoy el mensaje es claro: no basta con tener el poder. Hay que saber ejercerlo.
Si los cambios anunciados son simplemente enroques entre los mismos grupos, si solo se mueven piezas sin tocar las estructuras donde realmente hay fallas, entonces el costo político seguirá creciendo.
Porque el problema no es de comunicación. Es de resultados.
Y aquí vale recordar aquella frase del expresidente Andrés Manuel López Obrador: “Las escaleras se barren de arriba hacia abajo”.
Si ese principio aplica, entonces el gobernador debe empezar por asumir que la conducción del gabinete es su responsabilidad directa. No puede haber excusas. No puede haber culpas hacia abajo. No puede haber pretextos administrativos.
La ciudadanía ya dio una lección. Ahora falta ver si el gobierno la entiende.
Los cambios deben venir en las secretarías clave. En las áreas donde hay crisis de operación. En donde el desorden es evidente. En donde el protagonismo desplazó al trabajo.
Si no, todo seguirá igual.
Y cuando un gobierno no corrige a tiempo, la realidad termina corrigiéndolo en las urnas.
La próxima semana sabremos si se trata de un verdadero ajuste de rumbo o de un simple maquillaje político.
Pero algo es claro, Oaxaca no necesita influencers en el gabinete. Necesita servidores públicos.
Y esa diferencia, ya no se puede seguir ignorando.
Amigo Gobernador… date cuenta.



