LILU MARTÍNEZ
El caso del río Atoyac no es nuevo, es el retrato de décadas de simulación institucional. Desde que se permitió —y se normalizó— descargar drenajes municipales directamente al cauce, el problema dejó de ser ambiental y se convirtió en político. No fue un accidente: fue una decisión sostenida en el tiempo, avalada por autoridades que optaron por lo fácil, por lo barato, por lo inmediato… y hoy estamos pagando esa factura.
Y ahora salen con “jornadas de limpieza”. Funcionarios que bajan a tomarse la foto, cuadrillas obligadas a recoger basura superficial, mientras abajo, en el fondo del problema, siguen corriendo aguas negras todos los días. Eso no es saneamiento, es propaganda. Es maquillar un cadáver que sigue descomponiéndose.
El Atoyac no está sucio porque la gente tire basura —aunque también ocurre—, está colapsado porque los municipios nunca resolvieron el tratamiento de aguas residuales. Porque durante años se permitió conectar drenajes al río como si fuera una cloaca abierta. Esa es la raíz, y nadie la quiere tocar porque implica inversión real, coordinación entre niveles de gobierno y, sobre todo, voluntad política.
Y mientras tanto, ¿qué vemos? Obras absurdas: canchas de pádel junto a focos de infección, parques mal planeados que se inundan porque ignoran el comportamiento natural del río, millones de pesos tirados en proyectos sin lógica ambiental. Quitan carrizo —que funciona como barrera natural—, talan árboles, alteran el cauce… y luego se sorprenden cuando hay desbordamientos.
¿De verdad nadie entiende cómo funciona un río?
El colmo fue instalar un tiradero “centro de separación” que terminó siendo otro foco de contaminación. Es decir, no solo no resolvieron el problema, lo agravaron. Eso sí: contratos, adjudicaciones directas, y recursos públicos que desaparecen sin resultados.
Aquí hay corresponsabilidad clara: municipios que descargan, estado que simula, federación que se limita a observar. Y en medio, una ciudadanía que ya normalizó el hedor, el abandono y la mentira.
¿Quién está diseñando estos proyectos? Porque lo que vemos no es planeación, es improvisación. No es política pública, es ocurrencia. Y eso tiene nombre: negligencia.
El río Atoyac necesita urgentemente plantas de tratamiento funcionando, regulación efectiva y autoridades que dejen de jugar a gobernar.
Porque lo que hoy corre por ese río no es agua… es el fracaso de un sistema completo. Es el fracaso de políticas ambientales, de los gobiernos, y de este… que está acostumbrado a echarle la culpa a los demás y sale con sus ocurrencias de cuarta, igual que sus títulos y preparación.



